no
guerras en el mundo
Por Julio Fuentes
Los que
nunca se han sumergido en una tormenta de gritos y metralla
aseguran que todas las guerras son iguales, lo que equivale
a afirmar que los políticos y los odios que las engendran
son clones del mismo germen.
He
experimentado a fondo la guerra como periodista
sobreviviendo años en su vientre diabólico, y nunca he
presenciado dos iguales. Durante 40 meses en Bosnia asistí
al retroceso de una sociedad de clase media hasta la
barbarie en un territorio sin barreras morales donde miles
de asesinos consumaron sus fantasías más delirantes. Allí
presencié la crucifixión invertida de estudiantes de Liceo
en un mar de pueblos en llamas mientras sus familiares,
obligados a presenciarlo, vomitaban o se desmayaban. A veces
el espectro de las
preciosas
gemelas Masic regresa a mi mente como un flash-back.


Las veo de
nuevo agonizar sobre el pavimento mientras su madre,
preservada por el azar del huracán de metralla serbia, grita
histérica arrodillada ante sus dos hijas de 11 años con los
brazos en cruz. Y recuerdo las palabras de un cirujano del
hospital de Kosovo, rodeado de niños moribundos, tras
expulsarme del quirófano de pediatría: "¡Salga de mi sala,
váyase al infierno con sus malditas preguntas! ¡Europa está
sorda, ciega y muda ante este genocidio!", me gritó aquel
hombre exhausto que se golpeaba la cabeza contra una pared.
No. Las
guerras no son iguales, aunque la expresión humana de sus
víctimas tenga un aire de familia. En Afganistán se liquida
a la gente en nombre de Alá. "Somos sus soldados y matando a
sus enemigos ganamos el cielo", me dijo un comandante
muyahid sorbiendo té después de fusilar a varios oficiales
soviéticos en Jost. En Centroamérica se combatía contra el
imperialismo y la oligarquía en nombre de la
Revolución.
En Liberia, los primitivos guerreros de Tylor y Monroe
surgidos de la selva incrustaban en los postes de la luz las
cabezas cortadas de sus enemigos para "iluminarlas" ante sus
ídolos.
En el Golfo,
un Ejército Aliado que al menos respetaba las reglas de la
guerra y la Convención de Ginebra, tras echar un vistazo a
la pantalla de un televisor, avanzaba con tecnología del
siglo XXI hacia la guarida de un dictador llamado Sadam
Husein, sin ocultar que estaba allí "para salvar el petróleo
que hace funcionar a Occidente", como me dijo un alto mando
de los Marines de EEUU. No crucificaban, quemaban vivos ni
sacrificaban a los civiles en campos de concentración, como
los serbios de Bosnia.


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He aprendido
que juzgar las pasiones que desatan las guerras, sobre todo
a distancia, es una práctica de moral relativista. Los
pacifistas que condenaron las inmorales guerras de Vietnam y
el Golfo exigen hoy que se intervenga militarmente en todos
los rincones del planeta, como Kosovo, para preservar la
paz, lo que igualmente equivale a matar. Porque la verdad es
siempre la primera víctima de la guerra. "No sé con qué
armas se luchará en la tercera guerra mundial, pero la
cuarta se combatirá con palos y piedras", sentenció el
físico Einstein.
no
guerras en el mundo